miércoles, 18 de febrero de 2009

Tocando el cielo

- ¿Tu quieres irte a casa?. Preguntó Dieguina enfadada
- Pues claro que quiero, igual que tú. Respondió su marido
- Entonces no llames al médico, o no me dará el alta. Concluyó Dieguina dando por finalizado el diálogo.

Mientras luchaba, y esperaba con deseo la llegada del nuevo día, en el que recibiría el alta médica y regresaría a casa, Dieguina mantenía esta conversación con su marido, porque Dieguina nunca dejó de creer.

Los días anteriores estaba contenta, con una especie de alegría serena y con el único deseo de volver a abrazar a sus hijas, estaba convencida que regresaría a su hogar, que comería polvorones y turrón, atragantándose al ritmo de algún viejo villancico.

Disfrutaba escuchándola cuando me hablaba de sus planes para las Navidades presentes, sus ojos apagados, brillaban centelleantes como la estrella desde la que nos mira, esperando que alguien, además de sus seres queridos, la devuelva a la vida aunque sólo sea un instante. Mientras me hablaba de todas aquellas comidas que prepararía para su familia, mientras la veía sonreir con aquella eterna sonrisa, que nunca perdió, y sintiéndome el fantasma de la Navidad futura, mi alegría se nublaba al contemplarla inerte enfundada en un sudario. Sabía que se iría para siempre, y sabía que me dolería.

Dieguina compartió conmigo mi primer día de hospital, ese primer día que tanto me revolvió por dentro, pudo ver mis ojos enrojecidos por la tristeza después de reencontrarme con aquellos pasillos, que tantas veces recorrí , de reencontrarme con aquellas habitaciones en las que tantas horas consumí y que tan vulnerable me hacían. Dieguina fue tan generosa conmigo…tan amable y cariñosa que le debía un sitio en mi corazón.

Durante muchos meses continué viéndola, estrechando el vínculo invisible que nos unió desde el primer día. Ella siempre sonriente, positiva y cariñosa, me acercaba a ella con ganas de abrazarla y nunca me atreví, temía lastimar su dolorido cuerpo. Recuerdo el día en que falleció y la oportunidad que tuve de abrazar y sentirme abrazada por una de sus hijas. Gracias por hacer realidad un deseo que pensé no se cumpliría y gracias por hacerme sentirte.


Fue angustioso verla alejarse día tras día, intentando buscar respuestas, intenté encontrar también mi varita, pero está vez tampoco pude encontrarla y mis manos siguen llenas de deseos; tal vez si apareciese algún día, bastará un inocente abracadabra, o un suave movimiento de nariz, para transformar el infierno en paraíso.

Ahora, y mientras aparece esta dichosa varita, frotaré la lámpara y gastaré así mis tres deseos: el primero será devolverte a la vida, porque confío que algún día y en algún lugar, todos estos sentimientos lleguen a muchos; y nadie muere si permanece en el corazón de los demás, el segundo será, que en las noches cuando las estrellas vuelven a encenderse bajes de la tuya y todos esos abrazos que llevaste contigo, puedas dárselos a tus hijas y el tercero, será para que éstas, no dejen de sentir el abrazo eterno de su madre. Desde lo más profundo de mi corazón, mi más sincero agradecimiento a la familia de Dieguina por permitirme compartir con ellos mi pena, mis abrazos y mis lágrimas, mientras ella subía al cielo.



NOTA: Si se me permitiera un cuarto deseo, desearía que Dieguina se inflase a polvorones, turrones y mazapanes la próxima Navidad.

2 comentarios:

El Capitán Escarlata dijo...

OH,... mi Señora,... ¡maldita sea!,...Otra vez me habeis emocionado,... más tarde o más temprano, este rudo soldado de los Tercios viejos del Rey, os hará pagar como merecéis el haberlo puesto en evidencia ante sus hombres,... Vuestra Merced elija las armas.

Expresiones extremadamente tiernas varias.

Leila Sand dijo...

Gracias Capi, me cautiva despertar tu sensibilidad.

En cuanto a mis armas, estoy en duda entre mi espada o un voluptuoso corsé con liguero, jajajajjja.

Felices sueños