jueves, 29 de julio de 2010

La chica de ayer


La entrada estaba tapiada, yo misma me encargué año trás año, y piedra trás piedra, de cerrar y poner cadenas a un corazón que siempre ansió la libertad.

Me tomé la molestia de lacrar cada uno de mis sentimientos, de embotellar mis pensamientos y apagué todas las ilusiones, viviendo una vida, que prontamente sentí no me pertenecía.

Los pasos firmes y decididos se convirtieron en pisadas sin huella, ahora ya nadie podría seguir un camino sin retorno. Dejé que la vida oprimiera mi alma y cargué, con esta pesada carga que me desterró por completo de mi misma.

Dejó de correr la savia en mis venas.

En todos estos años no he sido capaz de soltar lastre, no he querido asomarme a ninguna ventana y he cerrado los ojos con la esperanza de cegar en mi interior cualquier atisbo de esperanza. Me he conformado con las migajas de los recuerdos de ella, y no he sido capaz de borrar este yo que no me pertenece.

Miro por la cerradura de la puerta, y está ahí, ha vuelto, y no sé con que intención, tal vez para quedarse, y convertirlo todo en un espejismo dejándome de nuevo, o para luchar por lo que siempre creyó. Me reclama el lugar que la usurpé, y se obstina en repetirme machaconamente, que no se pueden cerrar unos labios sedientos de amor, ni se pueden silenciar los latidos de un corazón.



2 comentarios:

Rodrigo Malaventura dijo...

Ay, ay, ay,... no me seáis infiel, mi Señora,... al menos,... no de pensamiento.

Gestos mirando por la cerradura variados.

Leila Sand dijo...

Mi querido Capi, yo sería incapaz de hacerte algo así. Tan sólo se trata de humo que se desvanece con los primeros rayos de sol.

Un beso fuerte